13/02/2004 M.B.
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Ensayo de Barataria, ayer.Foto:ARMANDO ALVAREZ
Por tercera vez, la compañía asturiana Barataria estrena espectáculo en el Palacio Valdés. El teatro avilesino sube hoy el telón para Hasta que la boda nos separe , de Roberto Lumbreras, con el que el dramaturgo ganó el Premio Casona en 2001.
Después del éxito obtenido en su último montaje, Gasolina con capullos , Barataria Teatro vuelve a los escenarios con una obra de un autor ajeno a la compañía. En esta pieza, Lumbreras homenajea a Ramón Gómez de la Serna. Una muñeca que un anticuario regala al escritor desata la acción de esta comedia que, según Roberto Corte, gustará a los ramonianos y no dejará indiferente al resto del público, al que atrapará.
Barataria había estrenado con anterioridad en el Palacio Valdés La lección y Las sillas , en 1997 y 1998, respectivamente. Pero además, la compañía de El Entrego ya mostró al público avilesino otros dos espectáculos, Locos de azar , en 1996 cuando el grupo se llamaba Oris; Magma y la mencionada Gasolina con capullos , ambas de Roberto Corte.
Protagonizan la obra los actores Jorge Moreno (quien da vida a Ramón Gómez de la Serna), Eva Vallines, Marisa Vallejo y Silvino Torre. Además del trabajo de los actores, Corte destacó la cuidada escenografía del montaje, obra de Daniel Loredo.





DIFERENTES PRODUCIONES - direccion de Roberto Corte BARATARIA TEATRO DE UN MISMO PERSONAJE - LA señora BRIGI
CON VARIANTES DE ESTILO Y FORMA 
DIRECCION DE TOMAS - PRODUCION LA QUIMERA TEATRO -estreno en Teatro "Juan Bravo" en SORIA


Barataria Teatro
© Fotos: Rafa Balbín, excepto la primera © de Marieta, y cartel © Ana Pastor
El estreno absoluto de Barataria Teatro Por Roberto Lumbreras
LAS CLAVES DE UN ÉXITO.
El estreno absoluto de la comedia Hasta que la boda nos separe, por Barataria Teatro fue un éxito de público y crítica.
La primera clave del éxito fue el director de escena, Roberto Corte. Meses antes de aceptar mi ofrecimiento para montar Hasta que la boda nos separe, Roberto Corte había hecho –en palabras de Boni Ortiz para Primer Acto- “casi un pleno” en la recepción de los Premios Asturias de las Artes Escénicas 2002, obteniendo prácticamente todos los galardones a un montaje profesional (Gasolina con Capullos), incluido el de mejor director de escena. Un director de escena. Ningún divo o visionario, ningún gurú de tribu teatrera, ni ningún encumbrado enfant terrible (más “terrible” que “enfant”). Roberto Corte es una persona seria, un verdadero intelectual, que ya le venía siguiendo a Ramón desde hacía tiempo la pista, pues había leído una veintena de obras del genio madrileño. La empatía con el homenajeado, Ramón Gómez de la Serna, estaba asegurada. Además, era importante la gran experiencia (veinte años) de Roberto Corte en la dirección escénica-actoral. Finalmente, su forma de ser contribuye sin duda a la eficacia de su arte. Corte, es una persona respetuosa y honesta, por lo que yo confiaba plenamente en su “tijera”, y me inhibí ab initio del “trabajo de mesa”: fue, pues, su lectura personal y su propio homenaje a Ramón. Por otra parte, Corte es un director que respeta a los actores y establece el feeling necesario para la buena marcha de algo tan complejo y delicado como es un montaje teatral. Y cuando hablo de respeto me refiero a que trata a todos los actores por igual, los valora por su talento, y por tanto no los utiliza, sobre todo no las utiliza, como carnaza sexual para satisfacción de voyeures. Roberto Corte respeta hasta sus manías y pudores. Baste un ejemplo, de algo inexplicable para a mí (quizás por que no soy Corte): la negativa de la actriz Eva Vallines(Natasha) a hacer uno de los gags más hilarantes del texto: Sentarse en el aire como un bailarín ruso para ilustrar el hecho de que “los largos viajes en el Transiberiano dejan a los rusos hechos un cuatro”. Eva Vallines dijo que no lo hacía, ¡y no lo hizo!... Pero hizo otras muchas cosas más importantes que no estaban el texto y ella aportó con su instinto de gran actriz. De esto hablaré más adelante.
Otra de las claves del éxito de Barataria Teatro, fue el sistema de trabajo del productor y director, nuevamente Roberto Corte. A diferencia de otras de compañías de teatro, que ajustan el texto a la medida de su nómina actoral, Roberto Corte invierte, -como parece lógico-, la sintaxis: elige un texto y contrata a los actores idóneos. De esta idoneidad, depende buena parte del éxito. Así, Barataria Teatro pudo contar con un elenco ideal: los actores que dieron vida a Ramón, Natasha, El anticuario, La “señá” Brigi, El Psicoanalista y El Policía Secreto.
Por la idoneidad referida, cada uno de los actores fue una clave personal del triunfo. Empezando por el polifacético Jorge Moreno (Ramón), que sin hipérbole, puede calificarse de un auténtico genio (“un actor descomunal” lo ha definido la crítica de Díaz-Faes desde la tribuna de La Nueva España). El personaje de Ramón Gómez de la Serna, puede ser un papel o una “papeleta”, dependiendo el talento del que disponga el actor, pues se trata nada menos que de dar vida a un superdotado de la palabra que apabullaba al respetable, y hasta a sus propios colegas que lo profesaban auténtico culto. Moreno, tan consciente del reto como seguro de sus fuerzas, superó el tremendo desafío. Si Rodolfo Cardona, persona que trató epistolarmente con Gómez de la Serna, me confiaba meses antes del estreno que sería muy difícil encontrar a alguien que pudiera interpretar a Ramón, cuando asistió a la premier, se quedó impresionado, y extendió su autógrafo de oro para quien calificó como “el perfecto Ramón”: Jorge Moreno.
De Eva Vallines empezaremos por reseñar lo inefable: su voz. Desisto, pues, de explicar un misterio que ningún espectrógrafo puede clarificar. Me temo que se trata de una compleja conjunción de unos bellísimos armónicos en la tesitura mezzo, y una cabeza y un sentimiento capaz de manejar su privilegiado instrumento vocal. El hecho es que la crítica de un recital poético de la actriz, afirmando que su voz “cortaba el aliento”, no exageraba. Confieso que el día del estreno Eva Vallines me emocionó en uno de sus parlamentos finales: a mí, al autor que se supone que iba a escrutar con objetiva frialdad la interpretación de un texto que se sabía de memoria. Pero el texto es sólo el texto. Hay que darlo vida. Y no es una perogrullada. Hay muchas actrices que lo hubieran “dado muerte”. Vallines no sólo lo dio vida, sino que añadió vida a un papel menos perfilado y a priori solapable por el del protagonista, máxime cuando está interpretado por un actor como Moreno. Pero Francisco Díaz-Faes lo dijo en su crítica al estreno refiriéndose a Eva Vallines: “una actriz que no le anda a la zaga” (respecto a Jorge Moreno). La eficacia de Vallines hay que verla también en una mezcla explosiva de inteligencia y buena presencia física, de gran experiencia en las tablas y de juventud. Parafraseando el propio texto de la comedia, se puede decir que Eva Vallines apareció tras la neblina de su propio personaje abocetado, y lo dio forma a su encantadora imagen y semejanza. También Eva Vallines obtuvo el pláceme en forma de autógrafo del número uno de los estudiosos de Ramón, el citado Rodolfo Cardona.
En cuanto al camaleónico Silvino Torre, un habitual en los montajes de Corte, hizo los dos papeles: el de El Anticuario y su travestimiento en El Psicoanalista, los dos impecablemente, siendo remarcable su creativa versión del discípulo de Freud, con una verosímil dicción suralemana-austríaca. Del mismo modo la veterana Marisa Vallejo hizo un papel lleno de frescura tornando los tonemas asturianos por los castizos del “Madrí” de 1930, en su interpretación de la “señá” Brigi, que parecía sacada del mejor Arniches.
Y nos falta una persona, la “persona ex machina” que vino a salvar la función. Pues, a diez días vista del estreno, por un imponderable, se carecía de actor que interpretara a El P. S. (El Policía secreto). Me estoy refiriendo a Adriano Prieto. ¿Cómo fue posible que en dos ensayos -como él mismo me confesó- pudiera Prieto meterse el corto pero imprescincible papel resolutor del conflicto? Una de dos: o Corte contrató un verdadero policía secreto narcisista que quisiera hacer sus pinitos en la escena…o Adriano Prieto es un actor que siempre hubiera preferido ser policía secreto. ¡Y vaya que lo consiguió!… al menos en el teatro. Hay que tener muchas tablas (incluso mucho “rostro”), para hacer lo que Adriano Prieto hizo. Casi una improvisación de la que salió (y salimos todos) airosos del brete. Adriano tenía hambre de tablas, de demostrar su gran capacidad actoral. En su caso, día a día iba añadiendo los parlamentos que le habían sido “sustraídos” del texto original por la Dirección. Roberto Corte, paradigma de management blanco, iba dando el “pláceme” a la talentosa indisciplina del actor-secreto, o policía-actor, Adriano Prieto.
La escenografía hay que destacarla también, a cargo de Daniel Loredo, que ha suscitado comentarios de elogio por la crítica académica. Una escenografía que, valga el oxímoron, podría calificarse de “minimalismo barroco” por la sencilla estructura atestada de pequeñas cosas. Fue la recreación sincrética de los tres despachos famosos de Ramón: el de su Torreón de Velázquez (con el banco y la muñeca de cera) el de la Calle de la Panadería (empapelada literalmente de estampas), y el de Buenos Aires (con los lámparas esféricas cubiertas de mosaico especular); y los tres refugios del escritor, llenos de objetos curiosos. La escenografía es muy importante en esta obra, pues Ramón prácticamente no salía de su estudio, trabajando doce horas diarias (en Argentina catorce) y saliendo sólo a comer y un paseo breve, y claro, la noche sabatina y sabática de Pombo. En su ámbito de reclusión, Ramón proyectó su mundo y su psicología: miles de estampas que cubrían hasta el techo nos hablan de su visión fragmentaria y a la vez totalizadora de su arte; los objetos raros, viejos, feos incluso, lo hacen de su fetichismo y su paradójico “materialismo transcendentalista”; y su aislamiento tan radical, nos ilustra su actitud escapista, y genéricamente de la soledad del genio, o dicho en términos nietzscheanos (tan familiares al joven Ramón), del “pathos de la distancia”.
Finalmente, como factores menores, pero no soslayables por contribuir al triunfo de Barataria Teatro, está la gentileza de Antonio Ripoll Planells, Director del Teatro Palacio Valdés, magnífico coliseo por su belleza interior y exterior, equipamiento y acústica; Antonio Ripoll, que tiene fama de valedor de la música culta, lo fue también para el arte escénico, al poner, a disposición del equipo de Barataria el Teatro Palacio Valdés de Avilés, para los últimos ensayos. También hay que citar como contribución a la motivación del elenco, la presencia en la noche del estreno de Rodolfo Cardona, Luis López Molina, Juan Carlos Albert y Rafael Cabañas Alamán, cuatro de los máximos estudiosos y vindicadores de RAMÓN en el mundo, que vinieron desde Boston, Ginebra y Madrid a presenciar la “resucitación” en la escena de quien fue, además de genial, un hombre bueno.
Plantel de Actores celebrando el éxito del estreno
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Barataria Teatro
© Fotos: Rafa Balbín, excepto la primera © de Marieta, y cartel © Ana Pastor
El estreno absoluto de Barataria Teatro Por Roberto Lumbreras
LAS CLAVES DE UN ÉXITO.
El estreno absoluto de la comedia Hasta que la boda nos separe, por Barataria Teatro fue un éxito de público y crítica.
La primera clave del éxito fue el director de escena, Roberto Corte. Meses antes de aceptar mi ofrecimiento para montar Hasta que la boda nos separe, Roberto Corte había hecho –en palabras de Boni Ortiz para Primer Acto- “casi un pleno” en la recepción de los Premios Asturias de las Artes Escénicas 2002, obteniendo prácticamente todos los galardones a un montaje profesional (Gasolina con Capullos), incluido el de mejor director de escena. Un director de escena. Ningún divo o visionario, ningún gurú de tribu teatrera, ni ningún encumbrado enfant terrible (más “terrible” que “enfant”). Roberto Corte es una persona seria, un verdadero intelectual, que ya le venía siguiendo a Ramón desde hacía tiempo la pista, pues había leído una veintena de obras del genio madrileño. La empatía con el homenajeado, Ramón Gómez de la Serna, estaba asegurada. Además, era importante la gran experiencia (veinte años) de Roberto Corte en la dirección escénica-actoral. Finalmente, su forma de ser contribuye sin duda a la eficacia de su arte. Corte, es una persona respetuosa y honesta, por lo que yo confiaba plenamente en su “tijera”, y me inhibí ab initio del “trabajo de mesa”: fue, pues, su lectura personal y su propio homenaje a Ramón. Por otra parte, Corte es un director que respeta a los actores y establece el feeling necesario para la buena marcha de algo tan complejo y delicado como es un montaje teatral. Y cuando hablo de respeto me refiero a que trata a todos los actores por igual, los valora por su talento, y por tanto no los utiliza, sobre todo no las utiliza, como carnaza sexual para satisfacción de voyeures. Roberto Corte respeta hasta sus manías y pudores. Baste un ejemplo, de algo inexplicable para a mí (quizás por que no soy Corte): la negativa de la actriz Eva Vallines(Natasha) a hacer uno de los gags más hilarantes del texto: Sentarse en el aire como un bailarín ruso para ilustrar el hecho de que “los largos viajes en el Transiberiano dejan a los rusos hechos un cuatro”. Eva Vallines dijo que no lo hacía, ¡y no lo hizo!... Pero hizo otras muchas cosas más importantes que no estaban el texto y ella aportó con su instinto de gran actriz. De esto hablaré más adelante.
Otra de las claves del éxito de Barataria Teatro, fue el sistema de trabajo del productor y director, nuevamente Roberto Corte. A diferencia de otras de compañías de teatro, que ajustan el texto a la medida de su nómina actoral, Roberto Corte invierte, -como parece lógico-, la sintaxis: elige un texto y contrata a los actores idóneos. De esta idoneidad, depende buena parte del éxito. Así, Barataria Teatro pudo contar con un elenco ideal: los actores que dieron vida a Ramón, Natasha, El anticuario, La “señá” Brigi, El Psicoanalista y El Policía Secreto.
Por la idoneidad referida, cada uno de los actores fue una clave personal del triunfo. Empezando por el polifacético Jorge Moreno (Ramón), que sin hipérbole, puede calificarse de un auténtico genio (“un actor descomunal” lo ha definido la crítica de Díaz-Faes desde la tribuna de La Nueva España). El personaje de Ramón Gómez de la Serna, puede ser un papel o una “papeleta”, dependiendo el talento del que disponga el actor, pues se trata nada menos que de dar vida a un superdotado de la palabra que apabullaba al respetable, y hasta a sus propios colegas que lo profesaban auténtico culto. Moreno, tan consciente del reto como seguro de sus fuerzas, superó el tremendo desafío. Si Rodolfo Cardona, persona que trató epistolarmente con Gómez de la Serna, me confiaba meses antes del estreno que sería muy difícil encontrar a alguien que pudiera interpretar a Ramón, cuando asistió a la premier, se quedó impresionado, y extendió su autógrafo de oro para quien calificó como “el perfecto Ramón”: Jorge Moreno.
De Eva Vallines empezaremos por reseñar lo inefable: su voz. Desisto, pues, de explicar un misterio que ningún espectrógrafo puede clarificar. Me temo que se trata de una compleja conjunción de unos bellísimos armónicos en la tesitura mezzo, y una cabeza y un sentimiento capaz de manejar su privilegiado instrumento vocal. El hecho es que la crítica de un recital poético de la actriz, afirmando que su voz “cortaba el aliento”, no exageraba. Confieso que el día del estreno Eva Vallines me emocionó en uno de sus parlamentos finales: a mí, al autor que se supone que iba a escrutar con objetiva frialdad la interpretación de un texto que se sabía de memoria. Pero el texto es sólo el texto. Hay que darlo vida. Y no es una perogrullada. Hay muchas actrices que lo hubieran “dado muerte”. Vallines no sólo lo dio vida, sino que añadió vida a un papel menos perfilado y a priori solapable por el del protagonista, máxime cuando está interpretado por un actor como Moreno. Pero Francisco Díaz-Faes lo dijo en su crítica al estreno refiriéndose a Eva Vallines: “una actriz que no le anda a la zaga” (respecto a Jorge Moreno). La eficacia de Vallines hay que verla también en una mezcla explosiva de inteligencia y buena presencia física, de gran experiencia en las tablas y de juventud. Parafraseando el propio texto de la comedia, se puede decir que Eva Vallines apareció tras la neblina de su propio personaje abocetado, y lo dio forma a su encantadora imagen y semejanza. También Eva Vallines obtuvo el pláceme en forma de autógrafo del número uno de los estudiosos de Ramón, el citado Rodolfo Cardona.
En cuanto al camaleónico Silvino Torre, un habitual en los montajes de Corte, hizo los dos papeles: el de El Anticuario y su travestimiento en El Psicoanalista, los dos impecablemente, siendo remarcable su creativa versión del discípulo de Freud, con una verosímil dicción suralemana-austríaca. Del mismo modo la veterana Marisa Vallejo hizo un papel lleno de frescura tornando los tonemas asturianos por los castizos del “Madrí” de 1930, en su interpretación de la “señá” Brigi, que parecía sacada del mejor Arniches.
Y nos falta una persona, la “persona ex machina” que vino a salvar la función. Pues, a diez días vista del estreno, por un imponderable, se carecía de actor que interpretara a El P. S. (El Policía secreto). Me estoy refiriendo a Adriano Prieto. ¿Cómo fue posible que en dos ensayos -como él mismo me confesó- pudiera Prieto meterse el corto pero imprescincible papel resolutor del conflicto? Una de dos: o Corte contrató un verdadero policía secreto narcisista que quisiera hacer sus pinitos en la escena…o Adriano Prieto es un actor que siempre hubiera preferido ser policía secreto. ¡Y vaya que lo consiguió!… al menos en el teatro. Hay que tener muchas tablas (incluso mucho “rostro”), para hacer lo que Adriano Prieto hizo. Casi una improvisación de la que salió (y salimos todos) airosos del brete. Adriano tenía hambre de tablas, de demostrar su gran capacidad actoral. En su caso, día a día iba añadiendo los parlamentos que le habían sido “sustraídos” del texto original por la Dirección. Roberto Corte, paradigma de management blanco, iba dando el “pláceme” a la talentosa indisciplina del actor-secreto, o policía-actor, Adriano Prieto.
La escenografía hay que destacarla también, a cargo de Daniel Loredo, que ha suscitado comentarios de elogio por la crítica académica. Una escenografía que, valga el oxímoron, podría calificarse de “minimalismo barroco” por la sencilla estructura atestada de pequeñas cosas. Fue la recreación sincrética de los tres despachos famosos de Ramón: el de su Torreón de Velázquez (con el banco y la muñeca de cera) el de la Calle de la Panadería (empapelada literalmente de estampas), y el de Buenos Aires (con los lámparas esféricas cubiertas de mosaico especular); y los tres refugios del escritor, llenos de objetos curiosos. La escenografía es muy importante en esta obra, pues Ramón prácticamente no salía de su estudio, trabajando doce horas diarias (en Argentina catorce) y saliendo sólo a comer y un paseo breve, y claro, la noche sabatina y sabática de Pombo. En su ámbito de reclusión, Ramón proyectó su mundo y su psicología: miles de estampas que cubrían hasta el techo nos hablan de su visión fragmentaria y a la vez totalizadora de su arte; los objetos raros, viejos, feos incluso, lo hacen de su fetichismo y su paradójico “materialismo transcendentalista”; y su aislamiento tan radical, nos ilustra su actitud escapista, y genéricamente de la soledad del genio, o dicho en términos nietzscheanos (tan familiares al joven Ramón), del “pathos de la distancia”.
Finalmente, como factores menores, pero no soslayables por contribuir al triunfo de Barataria Teatro, está la gentileza de Antonio Ripoll Planells, Director del Teatro Palacio Valdés, magnífico coliseo por su belleza interior y exterior, equipamiento y acústica; Antonio Ripoll, que tiene fama de valedor de la música culta, lo fue también para el arte escénico, al poner, a disposición del equipo de Barataria el Teatro Palacio Valdés de Avilés, para los últimos ensayos. También hay que citar como contribución a la motivación del elenco, la presencia en la noche del estreno de Rodolfo Cardona, Luis López Molina, Juan Carlos Albert y Rafael Cabañas Alamán, cuatro de los máximos estudiosos y vindicadores de RAMÓN en el mundo, que vinieron desde Boston, Ginebra y Madrid a presenciar la “resucitación” en la escena de quien fue, además de genial, un hombre bueno.
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